Criado en una familia liberal y civilista de una Venezuela políticamente convulsionada, el poeta caraqueño Juan Antonio Pérez Bonalde conoció el destierro desde los 15 años y viajó por decenas de países a lo largo de tres continentes. Pero en su incansable peregrinar por el mundo siempre vivió con el alma anclada en su patria.
Pérez Bonalde creció en un hogar que fue un oasis de principios y cultura frente a la violencia que se vivió en Venezuela durante los años de la Guerra Federal. Sus biógrafos lo describen como un idealista que soñaba con un país libre y estable donde hubiera paz y armonía.
Vuelta a la Patria, Flor y El Poema del Niágara son catalogados como los poemas más emblemáticos de quien es reconocido como el máximo exponente del romanticismo en Venezuela, además de precursor del modernismo, por considerar que representan las tres aristas fundamentales de su genio: la nostalgia desgarradora por la tierra perdida, el dolor ante la muerte de un ser amado y la contemplación sublime de la naturaleza como reflejo de la duda existencial.
Pérez Bonalde fue el noveno hijo de una familia que cultivaba la educación y los valores
Caracas
Juan Antonio de las Mercedes Pérez-Bonalde y Pereira nació el 30 de enero de 1846. Fue el noveno hijo de una familia que, si bien carecía de grandes recursos económicos, cultivaba la formación, la educación y los valores como pilares fundamentales del ser humano.
Se afirma que no asistió a la escuela. Su hogar funcionó como una academia privada donde la enseñanza de las humanidades, el estudio de las lenguas clásicas y las clases tanto de piano como de pintura sustituyeron la instrucción formal.
Esta formación inicial dotó a Pérez Bonalde de una estructura mental disciplinada y una curiosidad insaciable. Cuando tenía 15 años, su familia se vio obligada a emigrar a Puerto Rico debido a la militancia liberal de su padre. Gracias a su precoz talento para los idiomas, en la a isla caribeña profundizó sus estudios de inglés, alemán, francés, italiano y portugués, además del latín y el griego. Así fue capaz de traducir las corrientes literarias más complejas del mundo.
Un humanista comprometido con la causa civil de su patria
Ilustración de Lorena Almarza.
En 1864, a un año del cese de las hostilidades de la Guerra Federal, Pérez Bonalde regresó a Caracas. Con apenas 18 años y una precoz madurez intelectual logró la reinserción triunfal en la vida cultural de Caracas. Fueron años que consolidaron su identidad como un humanista comprometido con la causa civil de su patria.
Su participación en los círculos de intelectuales liberales fue inmediata y enérgica, integrándose en instituciones como el Ateneo de Caracas y participando en tertulias donde se debatía el futuro democrático de la nación. Su hogar volvió a ser un núcleo de valores y letras, permitiéndole proyectarse rápidamente como una de las figuras más prometedoras del pensamiento liberal venezolano de la posguerra.
Pérez Bonalde se convirtió en una voz activa dentro de la juventud civilista que buscaba modernizar las instituciones y la cultura del país a través de la prensa y la discusión académica. Esta etapa de militancia intelectual fue fundamental, pues en ella consolidó sus lazos con la élite pensante de la época y comenzó a ejercer la crítica política y social.
El activismo liberal de Juan Antonio Pérez Bonalde no era un ejercicio de poder, sino una convicción ética orientada al progreso y la justicia. Esta misma integridad lo llevó a enfrentar el autoritarismo de Guzmán Blanco a través del periodismo crítico y la sátira, demostrando que su carácter conciliador no implicaba sumisión, sino una firme creencia en el valor civil de la palabra por encima de la fuerza bruta.
Guzmán Blanco lo mandó al destierro en 1870
Mantuvo una estrecha relación con el prócer cubano José Martí.
Para silenciar las críticas de Pérez Bonalde, el general Antonio Guzmán Blanco, lo mandó al destierro en 1870. Durante los siguientes años vivió en Nueva York, donde se instaló porque consiguió un trabajo como redactor de propaganda en varios idiomas, en la fábrica de perfumes de la Compañía «Lahman y Kemp», lo que le permitió viajar tanto por Norteamérica como por países de Europa Asia y África.
En Nueva York, Pérez Bonalde vivió etapas de privaciones, pero también alcanzó un renacimiento intelectual. Allí mantuvo una estrecha relación con otros exiliados hispanoamericanos incluyendo al prócer cubano José Martí, quien lo llamó “el poeta del dolor”. También fundió su nostalgia caribeña con la técnica y el rigor de la poesía europea y estadounidense.
Estando en esa metrópoli recibió la noticia de la muerte de su madre, doña Gregoria Pereira, pérdida en ausencia que le causó un profundo dolor y potenció el clamor de su alma por la tierra donde nació, de la que tuvo que huir por razones políticas.
Vuelta a la Patria es una pieza fundamental de la identidad venezolana
La muerte de la madre impulsa el regreso a Venezuela y el nacimiento de Vuelta a la Patria (1876). Definido como una pieza fundamental de la identidad venezolana, que trasciende lo literario para convertirse en un testimonio emocional, este poema se estructura como un viaje psicológico dividido en dos etapas: la del ascenso jubiloso de La Guaira a Caracas, y la del descenso trágico hacia un hogar vacío, que culmina en el cementerio donde la patria pierde su color para volverse una losa fría.
Destaca que al describir a la capital venezolana desde su alma, Pérez Bonalde establece una iconografía poética que define la identidad caraqueña hasta hoy: ¡Caracas allí está; sus techos rojos,/su blanca torre, sus azules lomas,/ y sus bandas de tímidas palomas/hacen nublar de lágrimas mis ojos!/ Caracas allí está; vedla tendida/ a las faldas del Ávila empinado,/Odalisca rendida/ a los pies del Sultán enamorado.
A esta obra se le otorga un profundo significado histórico al dar voz a miles de venezolanos que sufrieron el destierro en aquella época. El poema se convirtió en un símbolo de resistencia espiritual y reconciliación nacional, pese a que nació del dolor genuino de un hombre por la pérdida de su madre y de su hogar.
Vuelta a la Patria, el poema lírico venezolano más importante del siglo XIX, considerado un documento histórico y emocional de la venezolanidad, está incluido en Estrofas, obra compuesta por todos los poemas que escribió Pérez Bonalde hasta 1877, fecha en la que regresó a Nueva York.
El “Poema del Niágara”, una de sus obras más profundas y filosóficas
Cataratas del Niagara.
El Poema del Niágara, publicado en 1882, es considerado una de las obras más profundas y filosóficas de Pérez Bonalde, porque utiliza la imponente caída de las cataratas del Niágara no sólo para describir la fuerza de la naturaleza, sino como un espejo de sus propias dudas existenciales.
A diferencia de otros autores que veían en el paisaje un reflejo de Dios, Pérez Bonalde interroga al abismo sobre el sentido de la vida, la muerte y el destino humano, encontrando solo un silencio abrumador que marca su transición hacia un pensamiento más moderno y escéptico.
Esta obra alcanzó una fama universal gracias, en gran parte, al prólogo que escribió el prócer cubano José Martí, quien elogió la capacidad del poeta venezolano para captar el vacío espiritual de su época, describiéndolo como un viajero intelectual que se atreve a mirar de frente al misterio.
Destaca que con El Poema del Niágara Juan Antonio Pérez Bonalde logró alejarse del romanticismo tradicional y sentimental, consolidándose como un precursor del modernismo al unir la perfección técnica de sus versos con una angustia metafísica que resuena en el tiempo.
La muerte de su única hija lo sumió en una profunda depresión
Producto de su matrimonio con la norteamericana Amanda Schoonmaker, nació la única hija de Juan Antonio Pérez Bonalde: Flor, cuya muerte inesperada a los cuatro años lo sumió en una profunda depresión, en la que no faltó la presencia de drogas y alcohol.
Catalogado como una de las elegías más desgarradoras de la lírica hispanoamericana, el poema Flor (1883) se sumerge en una sinceridad cruda, donde el padre confronta la injusticia de la muerte infantil y la fragilidad de la existencia.
A través de una estructura de gran musicalidad y simbolismo, el cuerpo de la niña se transforma en una flor marchita, logrando que el lector transite desde la ternura de la infancia hasta el abismo de la duda existencial y la crisis de fe. La obra fue publicada en el segundo gran poemario de Pérez Bonalde, titulado Ritmos (1887).
Brillantes traducciones celebradas como verdaderas obras maestras
Sus brillantes traducciones son celebradas como verdaderas obras maestras, que preservan la complejidad y belleza del texto original. En 1885 escribió la versión castellana de Buch der Lieder de Heinrich Heine, que tituló El Cancionero. Una versión tan exacta y ceñida a la original que permitió que la sensibilidad germánica influyera en la lírica hispana, preparando el terreno para el modernismo de Rubén Darío.
Asimismo, su versión de El Cuervo de Edgar Allan Poe (1887) es considerada una de las mejores traducciones al español jamás realizadas, pues logró trasladar la atmósfera opresiva y el ritmo hipnótico del texto original.
Pérez Bonalde regresó a Venezuela en 1889 para colaborar con el gobierno de Raimundo Andueza Palacio. Murió en La Guaira el 04 de octubre de 1892. Solo tenía 46 años, pero parecía mucho mayor por su largo peregrinar y el uso del opio para mitigar tanto las dolencias pulmonares como el peso de sus tragedias familiares.
Desde 1903 los restos mortales de este hombre de mundo que nunca dejó de ser de su valle, descansan en el Panteón Nacional. Su obra enseña que la patria no es solo un territorio, sino un conjunto de afectos que el exilio, lejos de borrar, agiganta.
Con información de Biblioteca Nacional de Venezuela (Biblioteca Digital), VIVE TV, Instituto Cervantes, Scribd, Ecured
Padrón, J. L. (2012). Pérez Bonalde: El poeta del eterno retorno. Editorial Equinoccio.
Fotos cortesía de Aquella Caracas de los techos rojos (Facebook), Código Venezuela (Instagram), Wikipedia y Cuba News