Un personaje destaca por su colorido, su picardía y su inagotable energía en el vasto mosaico de las tradiciones venezolanas: la Burriquita. Sin importar la fecha del calendario ni el cansancio del camino, cuando suena el cuatro y repica el tambor, siempre está lista para bailar y corcovear.
El baile de la Burriquita, Patrimonio Cultural de la Nación, y especialmente popular en los estados Apure, Aragua, Barinas, Carabobo, Delta Amacuro, Caracas, Lara, Mérida, Miranda, Nueva Esparta, La Guaira y Yaracuy, fusiona la herencia española con la alegría caribeña.
Mucho más que un simple disfraz, es un símbolo de resistencia festiva y de la identidad de un pueblo que encuentra en la danza una de sus mejores formas de expresión. Porque cuando la música empieza la Burriquita no solo camina o baila, ella corcovea. Es el recordatorio viviente de que, ante las dificultades, las y los venezolanos siempre tienen pasos vigorosos y agitados guardados bajo la manga.
Inspirada en las danzas españolas de “vaquillas” y “caballitos”
La Burriquita tiene sus raíces en las festividades de la época colonial. Inspirada en las danzas de “vaquillas” y “caballitos” de España, llegó a tierras venezolanas para transformarse con la danza de nuestras comunidades ancestrales y el tambor africano.
El pueblo tomó la figura y la dotó de una gracia particular, convirtiéndola en una estructura ligera de madera y tela que se ciñe a la cintura del bailador, creando la ilusión de que un jinete – generalmente una mujer o un hombre vestido de mujer – cabalga sobre una burra coqueta.
Decir que la Burriquita “siempre está lista” no es una exageración, ya que su preparación constante nace de una profunda conexión emocional y espiritual donde el bailador no solo lleva el armazón, sino que se convierte en el personaje mismo. Tal versatilidad rítmica le permite adaptarse a cualquier escenario, desde los coloridos Carnavales y las devotas fiestas de San Juan y San Pedro, hasta las parrandas navideñas o encuentros folclóricos internacionales.
Gracias a sus giros rápidos, su picardía y el constante coqueteo con el público, posee una libertad creativa que le permite activarse con alegría en cualquier esquina, convirtiendo un espacio cualquiera en una fiesta espontánea llena de identidad. Todo gracias a la simplicidad del gozo que caracteriza a su danza, pues no está amarrada a coreografías, sino que se nutre de la improvisación.
Bailar la Burriquita es sumergirse en una mezcla de teatro de calle y danza
Bailar la Burriquita es sumergirse en una mezcla de teatro de calle y danza, cuyo objetivo es convencer al público de que el intérprete y el armazón son un solo animal juguetón a través de movimientos característicos.
Con bailarinas y bailarines en trajes folklóricos como acompañantes, la ejecución comienza con el paso de trote, un desplazamiento rápido en puntas de pies que simula el caminar nervioso del animal, seguido por el icónico corcoveo, donde se dan pequeños saltos con el torso inclinado para emular la resistencia o emoción de la burra.
Esta interpretación se embellece con el giro de falda, aprovechando la tela colorida para crear un efecto visual de flor, y el coqueteo constante, donde el bailador mueve los hombros y hace que la cabeza del disfraz salude a los espectadores, mientras sus acompañantes siguen danzando al son de la contagiosa música.
Finalmente, la puesta en escena suele incluir “la caída”, un momento dramático donde la burra se echa al piso por cansancio para luego levantarse con un brinco repentino ante los aplausos del público, continuando así su incansable fiesta.
El vestuario de la Burriquita constituye una verdadera explosión visual
Para que la Burriquita esté siempre presta a bailar, su estampa debe ser impecable a través de un vestuario que constituye una verdadera explosión visual, con alguna variación según el estado en el que se baila. Comenzando por el armazón, que representa el cuerpo del cuadrúpedo adornado con fieltros, crines de estambre y bridas coloridas.
No es simple tela y madera, es un lienzo vivo donde se dibuja la alegría de un pueblo. Cada color que adorna su armazón, además de enaltecer a la bandera venezolana, cuenta una historia de mestizaje: el rojo encendido de la pasión caribeña, el amarillo que roba sus destellos al sol trópico y el azul que espejea nuestras costas.
Su falda de flores no solo cubre los pasos del bailador, sino que, al girar, se convierte en un jardín en movimiento, una espiral de pétalos que celebra la fertilidad de nuestra tierra. El sombrero de cogollo, tejido con la paciencia de las manos artesanas, corona esta estampa como un símbolo de humildad y resistencia, mientras que las cintas y crines al viento son los hilos que nos atan a nuestros ancestros.
El maestro Prieto Figueroa y Andrés Eloy Blanco institucionalizaron su enseñanza
Desde la época de la colonia, la tradición de la Burriquita se mantuvo, pero fue durante la década de los años 50, cuando se masificó en todo el territorio nacional al pasar a formar parte de la formación integral de la infancia venezolana, gracias a la visión del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa y el poeta Andrés Eloy Blanco, quienes, tras investigar las danzas tradicionales del país, institucionalizaron su enseñanza en las aulas.
A partir de este impulso pedagógico, junto a los Chimichimitos, el Pájaro Guarandol y el Mare-Mare, la Burriquita dejó de ser una mera tradición local para convertirse en una de las danzas escolares fundamentales que se integraron formalmente al sistema educativo como herramientas clave para el desarrollo cultural y la identidad de las niñas y niños.
La música fundamental para que la Burriquita baile se nutre del vibrante merengue venezolano en ritmo 5/8 o de la contagiosa parranda. Utiliza instrumentos esenciales como el cuatro para la armonía, el tambor o la charrasca para marcar el paso del trote, y el furruco especialmente en las festividades navideñas y de fin de año.
Esta tradición musical cobró vida con una canción emblemática: La burriquita, del folclore nacional, la más usada en los bailes escolares desde los años 50. Pero desde 1982, la Burra, tema popularizado por el grupo Un Solo Pueblo, pasó compartir la escena musical del baile de la Burriquita, lo que contribuyó a situarlo en la preferencia de las nuevas generaciones y más allá de la frontera de los centros educativos.
En 2009 fue creada la Red Nacional de Burras y Burriquitas
En las últimas décadas, la organización de esta tradición ha dado pasos agigantados, comenzando con la creación de la Red Nacional de Burras y Burriquitas, el 03 de octubre de 2009. Este impulso asociativo llevó a la realización del Primer Encuentro Nacional en 2015, celebrado en San Pablo, estado Yaracuy. El pasado año la comunidad Arturo Michelena en Naguanagua, estado Carabobo, reunió a más de 300 cultores de todo el país para volver a destacar la riqueza cultural de la Burriquita.
El reconocimiento oficial definitivo llegó el 20 de octubre de 2016, cuando el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC) declaró a las Burras y Burriquitas como Patrimonio Cultural de Venezuela. Este acto protocolar contó con la presencia de 46 colectivos culturales y la elevó formalmente al rango nacional, blindando así su valor histórico y social para el país. Desde 2022 se promueve llevar su candidatura a la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Mucho más que una danza, la Burriquita es un testimonio vivo de la capacidad del venezolano para transformar la historia en alegría. Es una manifestación que ha sabido evolucionar sin perder su esencia. Su presencia en las escuelas, festivales y calles reafirma que la identidad no es algo estático, sino un sentimiento que late, gira y se reinventa con cada generación.
Mientras exista un bailador dispuesto a calzarse el armazón y un músico que haga vibrar el cuatro, la tradición estará a salvo, porque, al final del día, este personaje nos enseña la lección más valiosa de nuestra herencia cultural: que el corazón de Venezuela, al igual que su burra más famosa, siempre está listo para bailar y corcovear.
Con información de IAM Venezuela, Historia y Origen del Baile de la Burriquita (Scribd), Revista SIC
Fotos cortesía de Fundarte, Hablemos de Culturas, Historias que laten y Revista SIC