El suelo es un ecosistema vivo y finito del que depende nuestra supervivencia. Sin embargo, su degradación ha pasado de ser una preocupación ambiental a convertirse en una emergencia humanitaria.
De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la pérdida de tierras fértiles ya afecta directamente a 1.600 millones de personas proyectando un déficit agrícola equivalente a dos veces el tamaño de la India para el 2050.
“Actualmente la degradación del suelo afecta zonas donde viven 1.600 millones de personas y la productividad agrícola disminuye. A nivel mundial, sólo el 35 % de la tierra está formalmente documentada”, afirmó el economista jefe de la FAO, Máximo Torero, durante la inauguración de la II Conferencia Internacional de Reforma Agraria y Desarrollo Rural (ICARRD+20, sigla en inglés), que se llevó a cabo en Cartagena de Indias, Colombia, entre el 24 y 28 de febrero de este año.
El representante del organismo internacional reiteró la importancia de la gestión sostenible de la tierra, así como lo alertado en el informe “El estado mundial de la agricultura y la alimentación (SOFA)”, que la FAO publicó en noviembre del año pasado: la degradación del suelo afecta a la productividad agrícola, los medios de subsistencia rurales y la seguridad alimentaria mundial.
¿Qué es la degradación del suelo?
Para entender la magnitud de la alerta, debemos definir el concepto. La degradación del suelo se refiere a la pérdida de su capacidad para sostener ecosistemas o producir alimentos. No es un evento único, sino un proceso degenerativo donde la salud del terreno se desvanece debido a presiones biofísicas y humanas.
Cuando un suelo se degrada, pierde su estructura física, su riqueza química y su biodiversidad biológica. Esto significa que la tierra deja de filtrar el agua, de almacenar carbono y, lo más grave, de nutrir las semillas que plantamos.
La pérdida de productividad no ocurre de la misma forma en todo el mundo. Existen diversos procesos físicos y químicos que determinan la muerte técnica de un terreno:
Erosión hídrica y eólica. Es el desgaste de la capa superior del suelo (la más fértil) por la acción del agua o el viento, acelerado por la falta de vegetación.
Salinización. La acumulación excesiva de sales, a menudo causada por riegos inadecuados, que vuelve la tierra estéril para la mayoría de los cultivos.
Compactación. El uso de maquinaria pesada o el sobrepastoreo eliminan los poros del suelo, impidiendo que el aire y el agua circulen.
Acidificación y pérdida de nutrientes. El agotamiento de sustancias vitales como el nitrógeno o el fósforo debido a una agricultura intensiva sin periodos de descanso.
Hacia 2050: un déficit del tamaño de dos veces la India
La actividad humana es la causante principal: Deforestación descontrolada, el cambio en el uso del suelo para fines urbanísticos y las prácticas agrícolas industriales de monocultivo son responsables directos de que la degradación del suelo avance a un ritmo sin precedentes.
Si no se toman medidas drásticas para frenar la degradación del suelo, las proyecciones son alarmantes. Para mediados de siglo, el mundo podría carecer de tierras agrícolas en una extensión equivalente al doble del territorio de la India.
“Sin una intervención a 2050, el mundo podría enfrentar un déficit de tierras agrícolas equivalente al doble de tamaño de la India (…) La tenencia segura, sin embargo, no es suficiente por sí sola, debe complementarse con regulación eficaz, incentivos adecuados, acceso a financiamiento y capacidades institucionales sólidas”, añadió Torero.
Inseguridad jurídica, un obstáculo para la restauración
Por otro lado, el economista jefe de la FAO, subrayó en Cartagena que el problema no es solo ambiental, sino estructural: 1.100 millones de personas viven con miedo a perder sus tierras, una inseguridad que paraliza cualquier intento de mejora. Sin títulos de propiedad claros – actualmente solo el 35 % de la tierra mundial está documentada -, los agricultores no tienen incentivos para invertir en técnicas de recuperación de suelos.
Esta vulnerabilidad es especialmente crítica para las mujeres, quienes, a pesar de ser pilares de la producción agrícola, poseen apenas el 15 % de la tierra. Esta desigualdad agraria cronifica la baja productividad y debilita la resiliencia ante el cambio climático.
“La combinación de acceso limitado a la tierra y los servicios productivos han reforzado ciclos de baja productividad y mayor vulnerabilidad. Fortalecer y hacer cumplir los derechos legítimos de tenencia, incluyendo los basados en normas tradicionales, es por tanto una condición esencial para la sostenibilidad, la seguridad alimentaria y la estabilidad social”, precisó Máximo Torero.
Recuperar 10 % de tierras degradadas podría alimentar a 154 millones
Si no se toman medidas drásticas para frenar la degradación del suelo, las consecuencias serán alarmantes sin duda. Es apremiante promover prácticas agrícolas sostenibles, restaurar tierras degradadas y fortalecer políticas públicas que protejan este recurso esencial para garantizar la seguridad alimentaria y el bienestar global.
Torero enfatizó, durante la sesión inaugural de la conferencia cuyo lema fue “Tierra para trabajar, tierra para comer, tierra para la vida”, la urgencia de recuperar, al menos, “el 10 % de las tierras de cultivo degradadas” porque eso “permitirá alimentar a 154 millones de personas adicionales cada año”.
El reto actual va más allá de lo técnico. Se requieren incentivos financieros, regulación sólida y un compromiso global.
Con información de FAO I, FAO II, ICARRD + 20, Ecoticias, IPS
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