Seduce con su aroma y sabor distintivos, es dulce y, al mismo tiempo, tiene un leve picor que encanta. La salinidad y aridez de su tierra de origen, la Isla de Margarita del estado Nueva Esparta, le otorga atributos propios al ají margariteño, un ingrediente muy apreciado en la cocina porque realza cualquier tipo de preparación.
Pero ají margariteño es mucho más que un ingrediente esencial en la gastronomía insular; representa un símbolo de identidad, representa el patrimonio gastronómico, cultural e histórico del estado Nueva Esparta. Cultivado en suelos insulares desde hace más de 470 años, este fruto del género Capsicum de la familia de las solanáceas, se encuentra en el centro de un proyecto científico liderado por el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC).
La iniciativa científica busca proteger el ADN del ají margariteño y resguardar su esencia frente a las amenazas de las variaciones climáticas, la proliferación de plagas y la pérdida de pureza en sus semillas amenazan la productividad de este cultivo ancestral.
Un escudo biotecnológico para el ají margariteño
Proteger al ají margariteño patrimonio cultural y gastronómico es sin duda es objetivo de esta investigación, pero con ella el IVIC que avanza hacia la soberanía alimentaria.
Ante factores como la variabilidad climática, el estrés hídrico y la proliferación de nuevas plagas que han puesto en riesgo el rendimiento de las cosechas y la estabilidad de las semillas tradicionales, el Laboratorio de Genética de Plantas del Centro de Biotecnología Agrícola del IVIC integró este rubro en una de sus líneas estratégicas: Mejoramiento genético de hortalizas a través de la inducción de mutaciones con agentes físico-químicos.
Mariana Andrade, profesional asociada a la investigación en el IVIC, señala que la biotecnología in vitro es la clave para salvar la semilla pues permite intervenir el material vegetal en un entorno estrictamente regulado. El procedimiento abarca desde el establecimiento de la planta en laboratorio y la selección del tejido vegetal adecuado (explante), hasta la aplicación de agentes químicos que inducen variaciones favorables. El objetivo central es obtener plantas más resistentes a enfermedades y sequías, sin alterar la calidad aromática y el sabor que distinguen al ají margariteño.
“Estamos trabajando con el cultivo in vitro, comenzando por establecer la planta en un sistema controlado. Luego seleccionamos el ‘explante’ (porción de tejido vegetal idónea) para realizar múltiples pruebas que culminan en la inducción de mutaciones mediante agentes químicos”, explica Andrade.
El dilema del picante y la pureza de la semilla
Desde el punto de vista botánico, la planta es autógama, lo que significa que se autopoliniza y debería mantener sus rasgos genéticos estables de una generación a otra. No obstante, en las zonas agrícolas de la isla ocurre con frecuencia la alogamia facultativa: cruces no planificados con otras variedades de ajíes sembradas en parcelas cercanas.
Esta polinización cruzada ha alimentado durante años un debate histórico obre el perfil ideal del fruto: si debe ser completamente dulce o conservar una ligera nota picante. La mezcla indiscriminada de polen ha provocado que muchos agricultores pierdan la estirpe original de sus semillas, enfrentando cosechas heterogéneas.
El proyecto científico del IVIC busca estandarizar un material genético promisorio que preserve los atributos organolépticos (en aroma y sabor) autenticados en la certificación de Indicación Geográfica Protegida (IGP) otorgada por el SAPI en 2024, además de resistencia y brinde certeza a los agricultores al momento de la siembra.
Un fruto ancestral amenazado por semillas invasoras y falsificaciones
El arraigo de este cultivo se remonta a la época precolombina. Las investigaciones históricas señalan que pueblos de la etnia taína introdujeron especies de solanáceas en Margarita tras navegar desde las cuencas del río Orinoco. De hecho, la palabra “ají” posee un origen lingüístico taíno. Con los siglos, la planta se adaptó de manera progresiva a la aridez y salinidad de los suelos insulares, definiendo su identidad genética.
Especialistas del área agrícola y culinaria – como el investigador Sergio Somov y el periodista especializado Miro Popic – han alertado sobre los factores que ponen en peligro este patrimonio vegetal. Fuera de Margarita es habitual encontrar ajíes comercializados de forma engañosa bajo la denominación de “margariteño”.
Incluso cuando se emplean semillas traídas de la isla, las plantas cultivadas en tierra firme no logran replicar las características organolépticas originales, ya que carecen de la salinidad y las condiciones microclimáticas insulares.
A esto se suma la llegada de semillas de variedades ajenas de ají que se cruzan con los cultivos locales, desvirtuando el sabor original y la calidad de los frutos. En muchos casos, la falta de una selección rigurosa de semillas ha llevado a priorizar el tamaño del fruto por encima del aroma y el sabor tradicional, generando una progresiva pérdida de identidad en las cosechas.
El reconocimiento de la Indicación Geográfica Protegida
El esfuerzo científico por proteger el ADN del ají margariteño complementa los avances en el ámbito de la propiedad intelectual. En abril de 2024, el Servicio Autónomo de la Propiedad Intelectual (SAPI), organismo adscrito al Ministerio del Poder Popular de Comercio Nacional, otorgó la certificación de Indicación Geográfica Protegida (IGP) a este rubro a través de la Resolución N° 263.
Con esta distinción, el ají insular se convirtió en el octavo producto alimenticio venezolano en obtener este signo distintivo, el cual reconoce la calidad, la reputación y los métodos de producción tradicionales vinculados estrictamente a su origen geográfico. La delimitación geográfica de la IGP abarca cosechas producidas en los municipios Antolín del Campo, Arismendi, Díaz, García, Gómez, Maneiro, Tubores y Península de Macanao. La acreditación protege el valor del trabajo agrícola local y establece una base formal para evitar el uso indebido del nombre en productos cosechados fuera de la isla.
De allí la importancia del trabajo científico que adelanta el IVIC pues al crear material de siembra de alta calidad, “se reduce la dependencia de insumos externos y se fortalece la economía de los agricultores de Nueva Esparta, asegurando que el alma de los guisos venezolanos siga presente en las mesas de las futuras generaciones”.
Con información de Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), Historias de Sobremesa, Últimas Noticias, Bienmesabe – El Estímulo y MinComercio
Fotos cortesía de IVIC, Ubaldo Arrieta (Bienmesabe – El Estímulo) y Historias de Sobremesa
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