El calentamiento de los mares está llevando al límite a atunes y tiburones, algunos de los depredadores más rápidos y efectivos del océano. Una reciente investigación indica que temperaturas más altas de lo esperado crean una peligrosa doble amenaza para grandes peces oceánicos. Esto sucede porque estos peces de sangre caliente o mesotérmicos queman casi cuatro veces más energía que las especies de sangre fría, lo que los obliga a comer más y, al mismo tiempo, a disipar el exceso de calor.
De esta forma, el aumento de las temperaturas acerca a especies como el tiburón blanco y el atún al sobrecalentamiento, mientras que la disminución de las fuentes de alimento dificulta aún más su supervivencia. Además, a medida que los océanos se calientan, pueden verse obligados a desplazarse a aguas más frías o correr el riesgo de sufrir un golpe de calor mientras luchan por encontrar suficiente alimento.
La investigación proporciona también un nuevo marco para identificar las especies más expuestas en un mundo en calentamiento y advierte que algunos de los depredadores más icónicos del océano podrían ser también los más afectados desde el punto de vista fisiológico.
La vulnerabilidad de estos grandes peces oceánicos ante el calentamiento de los mares representa una de las señales más claras del impacto del cambio climático. No es solo una cuestión biológica, sino un reflejo del desequilibrio global. El problema va más allá de la biodiversidad. Estas especies cumplen un papel clave en la cadena trófica marina, regulando poblaciones y manteniendo el equilibrio ecológico.
Doble amenaza
Atunes y tiburones requieren grandes cantidades de energía para sobrevivir, y actualmente se enfrentan a un desafío cada vez mayor con el aumento de las temperaturas oceánicas mientras que disminuye la disponibilidad de alimento. Los científicos describen esta situación como una «doble amenaza», en la que tanto el estrés ambiental como las exigencias biológicas juegan en contra de estos peces oceánicos.
La investigación, liderada por científicos del Trinity College de Dublín en colaboración con la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Pretoria (UP), demuestra que ciertos peces de sangre caliente, como atunes y especies como el tiburón blanco y el tiburón peregrino, consumen casi cuatro veces más energía que los peces de sangre fría de tamaño similar. A medida que aumentan las temperaturas oceánicas, estas especies tienen mayor probabilidad de sufrir sobrecalentamiento, lo que podría reducir su área de distribución y empujarlas hacia regiones más frías cercanas a los polos.
El estudio, publicado en la revista Science, se centra en los peces mesotérmicos. Este grupo que representa menos del 0,1 % de las especies de peces, puede retener el calor corporal y mantener partes de su cuerpo más calientes que el agua circundante. Esta adaptación ha evolucionado de forma independiente en varias especies de tiburones y atunes, otorgándoles ventajas como mayor velocidad de natación, la capacidad de recorrer largas distancias y mejor capacidad de caza.
Los autores del estudio advierten que muchos peces mesotérmicos y sus presas ya se ven gravemente afectados por la sobrepesca, y sus elevadas necesidades energéticas los hacen especialmente vulnerables cuando escasea su alimento. A diferencia de los ectotermos, que dependen completamente del entorno, estos animales necesitan más energía para mantener su temperatura corporal, lo que incrementa su vulnerabilidad en un océano cada vez más cálido.
Alto consumo de energía
A fin de comprender este estilo de vida de alto rendimiento, los investigadores desarrollaron un método para estimar las tasas metabólicas en peces en su hábitat natural. Esta técnica innovadora evalúa la demanda metabólica de diferentes especies en función de su tamaño y estrategia térmica. Los investigadores demostraron que cuanto mayor es el tamaño de los peces mesotermos, mayor es la cantidad de calor que generan, lo que provoca un desequilibrio crítico.
Usando datos de registro biológico recopilados por pequeños sensores que registran la temperatura corporal y del agua, calcularon la cantidad de calor que los peces producen y pierden en tiempo real. El equipo combinó estos hallazgos, relacionando datos de tiburones peregrinos que pesan hasta 3,5 toneladas, con cientos de mediciones de laboratorio de especies más pequeñas.
Nicholas Payne, de la Facultad de Ciencias Naturales de Trinity, primer autor del estudio, indicó que descubrieron que los peces mesotérmicos consumen 3,8 veces más energía que los peces ectotérmicos o de sangre fría de tamaño similar. Y un aumento de 10 °C en la temperatura corporal duplica con creces la tasa metabólica basal de un pez, lo que significa que deben consumir mucha más comida.
Esto es solo una parte del problema pues, a medida que atunes y tiburones crecen sus cuerpos generan calor más rápido de lo que pueden disiparlo, lo que crea un desajuste pues los cuerpos más grandes retienen el calor con mayor eficacia, y en los mesotermos, las altas tasas metabólicas amplifican este efecto.
Debido a este desequilibrio, los peces más grandes desarrollan con el tiempo una mayor temperatura corporal. Este efecto genera un riesgo creciente de sobrecalentamiento, lo cual tiene importantes implicaciones para la supervivencia de estas especies y sus hábitats.
Cambios nada favorables
Andrew Jackson, autor principal del estudio, detalló que el equipo utilizó los datos para definir los «umbrales de equilibrio térmico«, o las temperaturas del agua a las que atunes y tiburones ya no pueden liberar calor con la suficiente rapidez para mantener una temperatura corporal estable.
Al respecto, explicó que un tiburón de cuerpo caliente de una tonelada podría tener dificultades para mantener el equilibrio térmico en aguas con temperaturas superiores a los 17 °C.
«Por encima de esos umbrales, los peces deben reducir la velocidad, modificar el flujo sanguíneo o sumergirse en profundidades más frías para evitar un calentamiento peligroso, pero eso también tiene un precio, pues podría ser más difícil encontrar alimento o capturarlo, especialmente porque su principal arma es la velocidad y la fuerza”, señala el experto.
Estos hallazgos ayudan a explicar por qué los peces grandes suelen encontrarse en aguas más frías, en latitudes más altas o a mayor profundidad. Muchas especies también migran estacionalmente para mantenerse dentro de rangos de temperatura favorables. Los investigadores prevén que los hábitats adecuados para los grandes peces mesotérmicos se reducirán en el futuro, a medida que las temperaturas globales sigan aumentando, especialmente durante los meses más cálidos.
Cambio climático aumenta la presión
A medida que el cambio climático se acelera, comprender cómo estos animales gestionan el calor es necesario para protegerlos y preservar los ecosistemas marinos. En este sentido, el doctor Snelling, de la Universidad de Filipinas, explica que ante el calentamiento de los océanos, atunes y tiburones se ven empujados cada vez más a sus límites fisiológicos, lo que podría tener consecuencias para sus hábitats y su supervivencia.
Al respecto alertó que estos animales ya tienen un presupuesto energético muy ajustado, y el cambio climático está reduciendo aún más sus opciones. Para comprender lo que podría suceder, los científicos han puesto como ejemplo la extinción de grandes depredadores prehistóricos. «La evidencia fósil sugiere que los gigantes marinos de cuerpo caliente, como el tristemente célebre tiburón Megalodón, sufrieron desproporcionadamente durante los cambios climáticos del pasado, cuando los mares se transformaron, y los océanos actuales están cambiando a velocidades sin precedentes, por lo que las alarmas están sonando con fuerza en este momento», precisa el experto.
Investigaciones experimentales han demostrado que, al agua sobrepasar la temperatura en determinados límites se disminuye significativamente el desempeño muscular y la habilidad para nadar de estas especies. Esto impacta directamente su capacidad para cazar, eludir a depredadores o reproducirse. Otro de los efectos más evidentes es el desplazamiento geográfico.
Por todo ello, áreas históricamente ricas en pesca podrían tener reducciones de estas especies, mientras que las zonas menos preparadas podrían ver un aumento, impactando la industria pesquera mundial que mueve 150.000 millones de euros cada año.
Escenario cada vez más adverso
Los modelos climáticos indican que, si las emisiones de gases de efecto invernadero siguen con la misma velocidad, hacia finales de siglo la temperatura marina podría elevarse entre 2 y 3 °C más.
El calentamiento global es un escenario que se vuelve cada vez más adverso debido a la sobrepesca y a la reducción de oxígeno en el agua. El estudio aporta una explicación a patrones ya observados en el océano, como la tendencia de los grandes depredadores a habitar latitudes más altas, aguas más frías o mayores profundidades. También explica sus migraciones estacionales en busca de condiciones térmicas favorables.
En un escenario de calentamiento global, los investigadores prevén una reducción del hábitat adecuado, especialmente durante los meses más cálidos. Además, confirman que
atunes y tiburones necesitan condiciones específicas para sobrevivir, como aguas frías o zonas profundas, lo que limita su capacidad de adaptación y los sitúa en una posición especialmente vulnerable frente al cambio climático.
Los investigadores sugieren que el patrón que hizo desaparecer especies como el Megalodón podría repetirse en la actualidad de no tomarse medidas. En este sentido, la distribución geográfica de estas especies ya está cambiando. Muchas se concentran en latitudes más altas, lo que altera los ecosistemas y puede generar desequilibrios en la cadena alimentaria. Otro aspecto clave es que estas especies son indicadores del estado del océano. Su declive podría ser una señal temprana de cambios más profundos en el sistema marino. Comprender este fenómeno es esencial para anticipar futuras crisis ecológicas.
Perspectivas
El estudio permite identificar qué especies son más vulnerables, como los atunes y tiburones, lo que abre la puerta a diseñar estrategias de conservación más eficaces basadas en criterios fisiológicos. Las proyecciones indican que los grandes peces oceánicos podrían enfrentar un escenario cada vez más complicado si continúa el aumento de temperaturas.
Entre las acciones a tomar de manera urgente están la protección de hábitats clave, la reducción de presiones humanas y el desarrollo de políticas internacionales para mitigar el cambio climático. La situación es urgente porque a mayor aumento de temperatura del océano menor será la capacidad de adaptación de estas especies. Por ello, el futuro de los grandes peces oceánicos dependerá en gran medida de las decisiones que se tomen en los próximos años.
El desplazamiento masivo de estos peces hacia los polos ya ha comenzado a alterar toda la cadena alimentaria marina del mundo. Esto evidencia que el futuro de la fauna oceánica depende de frenar urgentemente la subida de las temperaturas. Identificar a las especies más frágiles es el primer paso para diseñar futuras reservas marinas que sean eficientes en la protección de su fauna y flora.
Proteger a estas especies significa también proteger la estabilidad de los ecosistemas marinos y el futuro del planeta.
Con información de Sience Daily, Ecoticias, El Tiempo y Ecoavant
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