El imborrable legado poético y político de Andrés Eloy Blanco

Llamado “el poeta del pueblo” por su conexión con el venezolano “de a pie”, Andrés Eloy Blanco dejó un legado imborrable no solo en el ámbito de las letras sino además en la política, distinguiéndose desde muy joven por su ímpetu revolucionario para defender sus ideales aun en las circunstancias más difíciles.

Este venezolano, cuyos restos descansan en el Panteón Nacional, es reconocido como uno de los poetas más destacados en la literatura criolla y latinoamericana, y a quien el pueblo admiró. Su vocación literaria fue solo superada por la pasión por la patria, mostrando desde muy joven su compromiso por ella, y convirtiéndose en un insigne luchador social.

Su variada producción escrita ha sido reconocida en todo el mundo, siendo objeto de estudios y tributos, mientras que su compromiso con la democracia y la justicia social ha inspirado generaciones de políticos y activistas en Venezuela y Latinoamérica. Más allá de sus versos, ensayos, cuentos, artículos, obras teatrales o discursos, logró trascender la palabra para conquistar los corazones del pueblo venezolano.

En su nutrida y variopinta creación destacan el poema de La loca Luz Caraballo, El alma inquieta, El río de las siete estrellas, El limonero del Señor, A un año de tu luz, Canto a los hijos, Coloquio bajo la palma, el conocido Píntame Angelitos Negros, que ha trascendido fronteras al cantar en verso contra la discriminación racial, y Las uvas del tiempo, dedicada al amor por la tierra y que por muchos años se ha escuchado el 31 de diciembre para la despedida del año en el país, con la que el poeta nos muestra su pasión por la familia, la patria y la nostalgia que le acompañó hasta el día de su muerte.

Precoz desarrollo literario

Andrés Eloy Blanco nació el 1 de agosto de 1896 en Cumaná, estado de Sucre. Junto a sus padres Dolores Meaño Escalante y el doctor Luis Felipe Blanco Fariñas pasó sus primeros años en su ciudad natal, pero luego su familia se mudó a Caracas, donde se unió al Círculo de Bellas Artes en el año 1913.  Años más tarde, se graduó en la Universidad Central de Venezuela (UCV) donde obtuvo el título de doctor en ciencias políticas y sociales.

Su desarrollo literario comenzó desde muy joven y sus poemas tuvieron mucha popularidad. Sus primeras obras: “El solitario de Santa Ana” y «Walkyria«, aparecieron en 1911 en El Universal de Caracas, pero su carrera literaria se impulsa cuando en 1916, aun siendo un adolescente, gana un premio en los Juegos Florales con su “Canto a la espiga y al arado”. En 1918 publicó su primera obra teatral, “El huerto de la epopeya”.

Su carrera literaria comenzó oficialmente en la década de 1920. Entonces, publicó el libro “Cantos a la Tierra”, seguido por varios títulos más, entre ellos en 1921 el poemario “Tierras que me Oyeron”, y dos de sus libros más memorables: “Barco de Piedra” y “Poda”.

En 1923 gana el concurso hispanoamericano de Poesía promovido en Madrid por la Real Academia Española de la Lengua con su “Canto a España», lo que le da notoriedad internacional y además le permitió viajar a Europa y familiarizarse con las vanguardias. En 1943, contrajo matrimonio con Angelina Iturbe con quien tuvo dos hijos: Luis Felipe y Andrés Eloy.

Voz variada y única

Por encima de todo poeta, combinaba elementos del modernismo y realismo llegando al folklore, el humor y lo popular, en escritos a menudo políticos y sociales, que reflejaban su compromiso con la justicia y la libertad.

Aunque pertenece a la “Generación de 1918” su obra iba del romanticismo, al vanguardismo, creacionismo y más, sin llegar a decantarse por ninguna escuela en particular, eso sí, para él las cosas sólo tenían sentido si servían para satisfacer necesidades del hombre. En sus escritos exploraba nuevas formas de expresión literaria como lo que llamaba “colombismo” el cual, en sus palabras, ponía al poeta en contacto con la realidad americana.

La inspiración parece fundirse entre el nacionalismo, del “Río de las siete estrellas”, hasta la sensibilidad critica con su “Píntame angelitos negros” o el romance furtivo en “Coplas del amor viajero” y sus giros de humor en “El Gato verde”. Andrés Eloy Blanco les escribió a los hijos, la familia, al amor, a Giraluna, que siempre le acompañó, a la patria, al amigo, a los mitos o leyendas criollos como Luz Caraballo, Venancio Laya o El Limonero del Señor y mucho más.

En sus versos también plasmó su entrega y su renuncia a la libertad, la cual le llevó a arriesgar su porvenir para participar en la lucha revolucionaria.

He renunciado a ti. No era posible.

Fueron vapores de la fantasía;

son ficciones que a veces dan a lo inaccesible

una proximidad de lejanía. (…)

Yo voy a mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.

Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;

desbaratando encajes, regresare hasta el hilo.

La renuncia es el viaje de regreso del sueño…”

La Renuncia

Compromiso político

Desde muy joven, el ímpetu guerrero y revolucionario de Andrés Eloy Blanco lo llevó a participar en las manifestaciones estudiantiles contra Juan Vicente Gómez, lo que le valió la persecución y represión tanto a él como a su familia, por lo que desde 1928 a 1933 fue recluido en los calabozos de La Rotunda en Caracas y el Castillo Libertador de Puerto Cabello, desde donde escribió parte de su obra.

No obstante, su compromiso político continuó, y en 1928 comenzó a editar clandestinamente un periódico disidente llamado “El Imparcial”. Ese mismo año, participó en la Insurrección del 7 de abril, lo que lo llevó a ser capturado y enviado a Puerto Cabello.  En esa prisión estuvo hasta su liberación en 1932. Los pesados grillos en los pies no impidieron que siguiera escribiendo en cualquier clase de papel que luego sus hermanas ponían en limpio tras el tránsito clandestino para sacarlos de la cárcel. Enfermo, fue confinado a Valera en 1935. Al salir traía varios libros escritos en contacto con el pueblo de campesinos y obreros analfabetos llevados por el régimen gomecista a esas prisiones.

La cárcel en vez de ablandarlo lo hace aún más recio y se convierte en eco de quienes no pueden alzar su voz, llevándolo a encontrar la suya propia que dejó fluir en Barco de piedra, Malvina recobrada (1937), Abigaíl (1937) y en Baedeker 2000.

Lucha incansable

A pesar de los desafíos, Andrés Eloy Blanco continuó en pie de lucha por sus ideales.

Después de la muerte de Gómez, milita en las filas del Partido Democrático Nacional (PDN) y resulta electo presidente del Concejo Municipal del Distrito Federal. Fue miembro fundador del partido Acción Democrática (AD) en 1941, año en el que participa también en la fundación del semanario satírico El Morrocoy Azul.

Al triunfar la Revolución del 18 de octubre de 1945, forma parte de la Comisión Redactora de un Código Electoral. Fue luego diputado por el Distrito Federal y ocupa más tarde el cargo de Presidente de la Asamblea Constituyente, en la que instauró el voto universal, directo y secreto. En 1948 ocupa el cargo de ministro de Relaciones Exteriores durante la fugaz presidencia del también escritor Rómulo Gallegos, representando a Venezuela en la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en París en 1948. Tras el derrocamiento de Gallegos, en noviembre de ese mismo año, pasó al destierro en Cuba y finalmente fue a México, donde se dedicó a la escritura hasta su muerte por un accidente de automóvil el 21 de mayo de 1955.

Siete décadas han pasado y su figura continúa siendo recordada y honrada por su incansable lucha por la libertad y la dignidad humana. Sus restos se encuentran desde 1981 junto a los del Libertador Simón Bolívar y otros patriotas en el Panteón Nacional, como justo reconocimiento a su legado poético y de compromiso con la patria que lo vio nacer.

Profeta en su tierra y más allá

La obra de Andrés Eloy Blanco ha sido reconocida en Venezuela y más allá de sus fronteras. “Toda la variedad de un rico temperamento que va de lo concreto a lo abstracto; de lo conceptista, en singular riqueza y gallardía verbal”, expresó sobre él Mariano Picon Salas, mientras Rómulo Gallegos lo definió como “talento creador, iluminado y poderoso”.

Entre sus poemas, Píntame angelitos negros es uno de los que más proyección internacional ha tenido, incluso el mexicano Manuel Álvarez Rentería compuso el bolero homónimo que ha sido interpretado por cantantes como Pedro Infante y Antonio Machín.

Su lenguaje poético enlazaba metáforas e imágenes con una especial gracia que encantaba a letrados y al pueblo en general. Su destreza en el manejo de la palabra lo hacía también uno de los mejores oradores de la Venezuela del siglo XX, por lo que sus discursos destacaban por su calidad y contenido.

Es así como, pocas horas antes de morir, pronunciaba su última intervención pública, mediante la cual exhortaba a lo mejor del espíritu venezolano a seguir viviendo.

Legado literario de Andrés Eloy Blanco

Entre su legado poético destaca el poema de “La Loca Cruz Caraballo”, que declaman los niños y niñas andinos en el pueblo de Apartaderos en el lugar donde se levanta la escultura de esta figura de los Andes venezolano.

“De Chachopo a Apartaderos

camina la loca Luz Caraballo

con violetitas de mayo;

con carneritos de enero…”

Pero Andrés Eloy Blanco habla de muchas cosas que estaban al alcance del pueblo. Su obra incluye poemarios como «Tierras que me oyeron» (1921); Los claveles de la puerta (1922); “El amor no fue a los toros” (1924); «Poda» (1921-1928, publicado en 1934) integrado por poemas románticos; «Barco de piedra» (1928-1932, publicado en 1937); «Baedeker 2000» (1929-1932, publicado en 1938), desarrollada en el ámbito de la estética futurista; «Malvina recobrada” (1937), de poemas en prosa; «La Juambimbada» (1941-1944, publicado en México póstumamente en 1959); «Reloj de piedra» (1943-1945); «Giraluna» (1955, también publicado después de su muerte).

Como cuentista escribió «La aeroplana clueca» (1921-1928, publicado en 1935) y como dramaturgo, «El Cristo de las violetas» (1925); «El pie de la Virgen» (1937); «Abigail» (1937), “Los muertos las prefieren negras» (1950); y «El árbol de la noche alegre» (1950). Entre sus últimas obras están: “A un año de tu luz” (1951) y “El poeta y el pueblo” (1954)

Además, como periodista, Blanco destacó como uno de los más afamados columnistas de la prensa venezolana con «Reloj de arena» (título de la columna publicada en el periódico El Nacional a partir de 1943). También escribió la biografía del presidente José María Vargas, «Vargas, albacea de la angustia» (1947) y, como ensayista político, «Navegación de altura» (1941).

 

Con información de Biblioteca de la Fundación Empresas Polar, Venezolanos Ilustres, Ecency y Buscabiografías


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