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La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

por Haiman El Troudi
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La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

Sus espigas de metal afilado, dispuestas solidariamente en ángulos, se elevan hacia el firmamento, mientras que en la cúspide de una de ellas, círculos blancos danzan como si fueran rosas de viento urbanas, seduciendo la mirada y regocijando la imaginación. Es La Ciudad de Alexander Calder, una creación artística que se distingue en el jardín central del complejo neoclásico del Museo de Bellas Artes de Caracas (MBA).

Realizada en hierro y acero, la obra es un estable-móvil (stabile-mobile o standing mobile), modelo de escultura desarrollado por Calder, en la que combina dos líneas artísticas que caracterizaron su trabajo creador a partir de los años 30: el móvil, que revolucionó la plástica contemporánea, y la estructura estable.

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

 

Desde agosto de 1960, mes en que fue expuesta por primera vez en el Museo de Bellas Artes, La Ciudad es parte de los espacios naturales del complejo artístico, excepto en 1977, cuando fue trasladada al salón principal del edificio moderno y luego al jardín que rodea la nueva infraestructura.  A finales de 2008, cuando el edificio neoclásico, hasta ese año sede la Galería de Arte Nacional, vuelve a ser parte del MBA, retoma su lugar original en el jardín central.

El sauce, los nenúfares y papiros

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

Fotografía: RT Noticias

 

Desde la entrada se avista el jardín que acoge a la “monumental obra”, como la describió el arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva, creador de los dos complejos (neoclásico y moderno) que integran el Museo de Bellas Artes.

Un espacio a cielo abierto que invita a contemplar, sin prisa, cómo se conjugan arte y naturaleza. Justo en medio, la pileta donde conviven nenúfares, papiros y algas, bajo la mirada del sauce que refresca el ambiente cuando el sol tropical aprieta.

Tres obras de arte se integran con el verde natural y la luz solar, brindando una imagen especial: La Ciudad de Alexander Calder, al frente del sauce; dos figuras femeninas, Mujer en reposo de Ernesto Maragall y Eva después del Pecado de Lorenzo González, reposan en los extremos de la pileta central.

La Ciudad en blanco y negro

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

 

Del césped emerge La Ciudad, una escultura abstracta en la que convergen dos estructuras metálicas: grandes formas de color negro y base ancha que se estilizan para apuntar al cielo que, ensambladas y colocadas en ángulos, dan forma al cuerpo estable. Otra más pequeña, suspendida en el extremo de una de ellas y compuesta por círculos blancos de distintos tamaños, conectados por una varilla de metal del mismo color, que bailan a su antojo y en distintas direcciones, activados por el aire y el movimiento de sus compañeros.

Los círculos de la estructura móvil generan contraste visual, no solo por el movimiento continuo pero distinto a cada instante, sino por el efecto de su yuxtaposición al volumen y la masa de los planos negros, proponiendo infinitas relaciones con los otros elementos de ese universo, mientras danzan al ritmo del viento.

 

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

 

“Cuando utilizo dos o más láminas metálicas cortadas en formas y ensambladas recíprocamente en ángulos, siento que hay allí una forma sólida, tal vez cóncava, tal vez convexa, llenando los ángulos diedros entre ellos”, expresó en una ocasión.

En su prolija obra, fundamentalmente abstracta, el metal pierde su matiz industrial al transformarse en imágenes orgánicas que rememoran la poesía del universo y de la naturaleza.

«Desde los comienzos de mi obra abstracta, y aun cuando no fuera muy evidente, sentí que no existía mejor modelo para mí que el Universo… Esferas de distintos tamaños, densidades, colores y volúmenes, flotando en el espacio, a través de nubes y aguas vivas, corrientes de aire, viscosidades y olores, en su mayor variedad y disparidad», dijo el artista plástico estadounidense, quien inició su relación con Venezuela luego que Carlos Raúl Villanueva lo invitara, en 1952, a crear una escultura móvil de gran tamaño para el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela.

Con “los platillos voladores” fue el inicio

 

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

 

El primer contacto de Alexander Calder con nuestro país se da a través del arquitecto venezolano, quien desde 1943 tenía bajo su cargo el diseño y construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas, sede de la Universidad Central de Venezuela, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000, donde Villanueva materializó, a gran escala, lo que denominó la integración de las artes (arquitectura y artes plásticas) y en el que participaron artistas nacionales y extranjeros.

Decía Villanueva sobre la integración de las artes:«El ambiente natural de las obras artísticas son las plazas, los jardines, los edificios públicos, las fábricas, los aeropuertos; todos los lugares donde el hombre perciba al hombre como un compañero, como un asociado, como a una mano que ayuda, como a una esperanza, y no como la flor marchita del aislamiento y las indiferencias».

La participación del artista en el proyecto de la Ciudad Universitaria se concreta en 1952, en una reunión que sostuvieron en el taller de Fernand Léger en Paris. En esa oportunidad, Villanueva le pidió un móvil de gran tamaño para la entrada del Aula Magna, pero Calder prefería crear algo para el interior del recinto. Ante la explicación de que el techo estaba reservado para los paneles acústicos, propuso al arquitecto diseñar los paneles que servirían para tal fin y convertirlos en una obra de arte.

 

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

De izquierda a derecha, Alejandro Otero, Alexander Calder y Carlos Raúl Villanueva, en el Museo de Bellas Artes de Caracas, agosto de 1955.

 

En junio de ese año, con la colaboración de los expertos en acústica Bolt, Beraneck y Newman, asume la creación de las Nubes de Calder, una extraordinaria combinación del arte y la tecnología que el propio artista llamaba “los platillos voladores”.

“Imponer la idea de construir e instalar los ‘Platillos voladores’ en el Aula Maga debió exigir una gran valentía. Lo que hice, al proponerlo, no es nada comparado con tal coraje. Ninguno de mis móviles ha hallado un ambiente más extraordinario o más grandioso. Es éste el mejor monumento a mi arte”, afirmó.

Además de la colosal “Nubes de Calder” que cubren el techo y las paredes laterales del Aula Magna, tres esculturas del artista e ingeniero mecánico (1898 – 1976),  forman parte del paisaje de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela “Ráfaga de Nieve”, “Estalagmita” y “Estábil con hoja horizontal”.

La amistad de Villanueva y Calder

 

La Ciudad que seduce la mirada y regocija la imaginación

 

Llega a Caracas en agosto de 1955, invitado por Carlos Raúl Villanueva para organizar una exposición con sus obras en el Museo de Bellas Artes, con la colaboración de Alejandro Otero y Miguel Arroyo, como asistentes en el montaje de la muestra conformada por 60 esculturas.

A partir de ese nuevo encuentro se “acrecentó más todavía nuestra joven y leal amistad”, como escribió el propio Villanueva, alimentada con encuentros anuales y un nutrido intercambio de cartas y una reunión anual.

 

Con información de Fundación Calder, Fundación Carlos Raúl Villanueva e IAM Venezuela


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