En la historia intelectual de Venezuela, pocos nombres encarnan con tanta fuerza y coherencia la fusión entre el pensamiento crítico, la creación literaria y el compromiso social como el de Orlando Araujo, quien se empeñó en demostrar que el conocimiento, cuando se pone al servicio de las mayorías, se convierte en un motor de liberación.
Araujo fue economista, poeta, narrador, ensayista, profesor universitario, periodista y guionista. A través de su vasta obra, este polígrafo en el sentido más riguroso del término, denunció violencias históricas, hurgó en las grietas de la sociedad venezolana, desmontó mitos económicos, y dejó su huella en la literatura infantil.
Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1975 por “Contrapunteo de la vida y de la muerte”, un ensayo sobre la poesía de Alberto Arvelo Torrealba. Fiel a su militancia de izquierda donó el monto íntegro a la resistencia chilena contra la dictadura de Pinochet. A ese galardón se sumaron el premio de la Universidad del Zulia por “La palabra estéril”, el de ensayo de El Nacional por su estudio sobre Antonio Arráiz y el Municipal de Prosa por “Narrativa venezolana contemporánea”.
Araujo nació en el seno de una familia del piedemonte barinés
Orlando Araujo nació en el seno de una familia del piedemonte barinés (autores discrepan sobre si fue en 1927 o 1928), un entorno que marcaría para siempre su sensibilidad literaria y su comprensión de las dinámicas rurales venezolanas. Fue el menor y único varón de los tres hijos concebidos por el educador Sebastián Araujo y Edén Ciangherotti, a quien describió como una perla por ser menuda y muy blanca.

Siempre compañero de su padre, desde muy pequeño conoció la vida sencilla, pero a veces violenta en Calderas, su pueblo natal. Allí cursó estudios primarios, que completó en Boconó y Barinitas. Cumplió la secundaria en los liceos Simón Bolívar de San Cristóbal y Andrés Bello de Caracas. Así evitó tener que ser militar o sacerdote, pues quería ser escritor. El contacto temprano con la Venezuela profunda, le proporcionó el sustrato humano que luego nutriría sus cuentos y novelas.
Ya en la Universidad Central de Venezuela, Araujo logró una hazaña académica poco común: graduarse simultáneamente como economista y como licenciado en Filosofía y Letras. Posteriormente, cursó un postgrado en economía en la Universidad de Columbia, en Nueva York. No obstante, a diferencia de muchos técnicos formados en el extranjero que abrazaron el elitismo, regresó a Venezuela con una convicción clara: poner sus conocimientos al servicio de la nación.
Orlando Araujo ejerció un periodismo de trinchera
En 1958, Orlando Araujo se incorporó a la docencia como profesor de Economía, Periodismo y Literatura de la UCV, donde dirigió la Escuela de Letras (1969). Paralelamente, ejerció un periodismo de trinchera. Fue jefe de redacción del diario El Venezolano, director de La Extra y fundador de la revista El Mes Económico. Por su afilada pluma y su activa militancia en la izquierda, sufrió persecución política y estuvo preso en el Cuartel San Carlos, durante la convulsa década de los 60.
De su vida familiar, se refiere que se casó en Caracas con Morella Roncayolo, matrimonio del cual le nacieron sus dos primeras hijas, Inés Morella y María Cecilia. Luego contrajo nupcias con Trina Urbina, de cuya unión nacieron Sebastián y Juan Carlos, a quienes escribió Cartas a Sebastián para que no me olvide, publicado de manera póstuma en 1988, un año después de su muerte: 110 páginas de cartas-cuentos en las que el recuerdo se transforma en relato con toda la fuerza del sentimiento.

Con esta obra, Araujo llevó su faceta de literatura infantil al terreno más íntimo: el de la memoria familiar convertida en literatura, dentro de un género híbrido que participa de la carta, del cuento y del testimonio, distinguible de sus relatos de ficción para niños de años anteriores, como Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente, con los que comparte lectores pero no forma.
Obra literaria de Orlando Araujo supera los treinta títulos
La obra literaria de Orlando Araujo, que supera los treinta títulos, es un testimonio de la diversidad del talento que poseía. Desde sus inicios, demostró que la palabra podía ser un instrumento de reivindicación. Su ensayo Lengua y creación en la obra de Rómulo Gallegos (1955), publicado en pleno apogeo de la dictadura perezjimenista, fue tan riguroso y acertado que el propio Gallegos lo consideró el mejor trabajo escrito sobre su obra.

En el terreno de la narrativa, Araujo supo capturar el alma popular y las tensiones sociales. Cuentos como Liberación y La yunta borracha retratan con maestría el mundo rural, donde la autoridad opresora (el maestro con la palmeta, el policía impotente ante la furia de la naturaleza y el pueblo) se enfrenta a la astucia, el sufrimiento y la rebeldía de los oprimidos.
Novelas como Compañero de viaje (1970) y Un muerto que no era el suyo (1968) consolidaron su voz como un narrador que exploraba las contradicciones de la sociedad venezolana con un realismo crítico y profundamente humano. También cultivó la literatura infantil con títulos entrañables como Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente (1977), sembrando en las nuevas generaciones la semilla de la imaginación libertaria.
Su poesía, recogida en obras como Glosas del piedemonte (1980) y Elia en azul (1988), es un homenaje a la tierra, a la memoria y a la resistencia. Pero fue en el ensayo donde su pluma alcanzó su máxima potencia política.
Su pensamiento económico iluminaba

De acuerdo a sus biógrafos, si bien la literatura de Orlando Araujo conmovía, su pensamiento económico iluminaba. Aunque reconocido, junto a Alberto Adriani y Asdrúbal Baptista, como parte de la “santísima trinidad” del pensamiento económico venezolano, su enfoque distaba radicalmente del tecnócrata frío, pues aplicaba a la economía la misma pasión humanista que a la literatura.
Su obra cumbre en este campo, el ensayo Venezuela Violenta (1968), es catalogada como un ejercicio brillante de investigación histórica, económica y sociológica. En ella, Araujo hilvana un discurso que recorre más de 300 años de luchas y frustraciones del pueblo venezolano, durante los cuales la violencia colonial española dio paso a la violencia feudal de la oligarquía conservadora, beneficiaria principal de la Guerra de Independencia.
Además, denuncia la traición liberal a la revolución campesina de Ezequiel Zamora durante la Guerra Federal y, finalmente, rastrea la instauración de la “violencia imperialista” con la inserción de las grandes inversiones del capital petrolero internacional. Con Venezuela Violenta Araujo fue pionero en señalar cómo la industria extractiva deformó estructuralmente una sociedad semifeudal, impidiendo un desarrollo auténtico y soberano.
El “falso dilema de los mercados pequeños” en Venezuela

En Situación Industrial de Venezuela (1969), Araujo dio un golpe teórico demoledor al resolver el llamado “falso dilema de los mercados pequeños”. Durante décadas, expertos argumentaron que Venezuela no podía industrializarse plenamente porque su mercado interno era demasiado pequeño para sostener la competencia y la producción masiva. Araujo afirmó que el mercado venezolano no era pequeño por razones demográficas, sino por razones socioeconómicas e históricas.
El problema, explicó, no era que hubiera poca población, sino que la riqueza y los ingresos estaban tan desigualmente distribuidos que la inmensa mayoría del pueblo no contaba como “demanda agregada”. Países con millones de personas hambrientas, mal vestidas y sin acceso a la salud presentaban, paradójicamente, una alta capacidad ociosa en sus industrias de alimentos y textiles.
En tal sentido, argumentó que el mercado era “pequeño” porque el sistema excluía a las mayorías del consumo digno. Como señaló el economista Luis Salas Rodríguez al rescatar esta idea, Araujo demostró que la restricción al desarrollo no era una fatalidad geográfica, sino una construcción de la injusticia social. La importancia de la inclusión social y la democratización del consumo como motores reales del desarrollo económico, forman parte de las políticas del gobierno revolucionario desde 1999.
La vigencia de Orlando Araujo es innegable

Hoy, a casi cuatro décadas de su fallecimiento, la vigencia de Orlando Araujo es innegable. En un país que sigue debatiendo su modelo económico, su relación con el petróleo y su identidad cultural, las preguntas que Araujo planteó siguen sobre la mesa. Su llamado a analizar y discutir públicamente el destino de una sociedad que ha tolerado la violencia como salida, es tan decisivo como debatir la política petrolera en una nación que depende tanto de esta industria.
Araujo murió en Caracas, el 15 de septiembre de 1987. No obstante, su muerte no cerró la obra: dejó instrucciones precisas sobre sus trabajos inéditos. De allí que en septiembre de 1990 fue publicado Testamento poético, obra que recoge el testamento en verso que Araujo redactó: “Regalo a mis hijos lo que tengo, mis libros. / Entrego mi cuerpo a la tierra pero sin lápida encima, para que nazca un árbol, un arbusto, algunas flores…”.

La obra, publicada como homenaje póstumo de la familia, los amigos y los círculos intelectuales, incluye la transcripción del discurso que Óscar Sambrano Urdaneta pronunció el 30 de junio de 1988 en la sede de la editorial, y cierra con un trabajo del propio Araujo titulado “Haciendo memoria”.
Orlando Araujo dejó, además, un legado humano extraordinario, porque se empeñó en educar y crear conciencia, especialmente a la juventud. También porque fue un intelectual generoso, carente de la envidia que suele corroer los círculos creativos. Este artista reconocido como un artesano de la palabra y arquitecto de la conciencia nacional, tuvo la grandeza de “rescatar del olvido” a autores jóvenes, al promover sus obras con entusiasmo desinteresado.
Con información de Mentekupa, Mentekupa II, El Diente Roto, Biblioteca Nacional de Venezuela, Letralia, Venezuela Tuya, Gregory Zambrano, Universidad de Carabobo (Tiempo – Archivo)
Fotos cortesía de Letralia, Gustavo Rademaker /Facebook, Junior Palacios/Facebook, Cenal, Alba Ciudad, Fundarte y Radio Mundial
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