Pionero e inventor autodidacta, Don Luis Zambrano supo colocar la tecnología realmente al servicio del pueblo. Con pasión y mucho ingenio logró llevar la electricidad a gran cantidad de poblaciones y caseríos de Los Andes.
Creador de una tecnología apegada a la tierra, innovador con un claro sentido de las necesidades productivas de su gente y, sin duda, el inventor popular de Venezuela. Mucho antes de que llegara la compañía eléctrica nacional, su casa fue la primera de la cordillera andina venezolana en estar iluminada por energía eléctrica, gracias a una turbina hecha por él mismo, y además de sus manos creadoras salieron trapiches eléctricos, tornos, fundidoras y mucho más.
Estudió formalmente solo hasta el cuarto grado de educación primaria, pero eso no le impidió tener unos 50 inventos acreditados. Tampoco le afectó haber perdido su mano derecha en 1977, por un accidente con una sierra.

Zambrano dio inicio a una nueva fase de tecnología popular, desarrollada en casa para solucionar problemas reales y enfocada en necesidades del día a día, etapa que representó un reto para la ciencia académica. El humilde inventor fue declarado hijo ilustre de Bailadores, pueblo donde nació y donde una calle fue bautizada con su nombre.
En reconocimiento a sus logros, la Universidad de Los Andes (ULA) le confirió el título de Doctor Honoris causa en 1984. Además, cada año se entrega en su honor el Premio a la inventiva popular Luis Zambrano que forma parte de los Premios Nacionales de Ciencia y Tecnología e Innovación.
El tecnólogo popular Don Luis Zambrano

Don Luis Zambrano nació al comienzo del siglo XX, el 1° de mayo de 1901, Día del Trabajador, en la aldea de Mesa de Adrián de Bailadores, municipio Rivas Dávila del estado Mérida. Sus padres fueron Ramón de Jesús Zambrano y Natividad del Carmen Molina. Ya en sus primeros años en el campo andino se pintaba como un niño prodigio, constructor de juguetes y de sueños.
En 1910 su padre contrató a un maestro para que le diera clases en casa a él, sus hermanos y otros niños de los alrededores. Luego, entra a la escuela y cursa hasta cuarto grado. Aprendió las operaciones aritméticas y supo por primera vez de la electricidad. El pequeño Luis fue especialmente impactado al leer la obra de Julio Verne, de quien dice haber aprendido máximas que le sirvieron toda su vida, entre ellas la de “no creer en los imposibles”.
Sus dotes como genio de la mecánica comenzaron a mostrarse con un juego con naranjas y unas paletas que las atravesaban, a las que puso a dar vueltas con la corriente del agua para descubrir por sí mismo las relaciones de velocidad producidas. El aprovechaba ese movimiento para transmitirlo por medio de pequeñas correas a pequeñas máquinas producto de su invención. Así, desde muy pequeño, ya conocía de engranajes, correas, y la construcción de mecanismos. Ese conocimiento auto adquirido lo llevaría luego a hacer eficientes trapiches y molinos.
Contó el innovador popular que de su papá aprendió, entre risas y correazos los principios básicos de la física. Durante su infancia esta obsesión de su hijo preocupó a Ramón de Jesús Zambrano, quién le pidió consejo a un sacerdote. Éste, al ver a Luis, se dio cuenta de que eso era más que un juego y le dijo: “Ese niño se prepara para el futuro”.
Tecnología al servicio del pueblo

De niño y adolescente ayudaba a su padre a cultivar. El trabajo ayuntando bestias y recolectando la cosecha le inspiró la idea de crear máquinas simples que aligeraran el pesado trabajo del campo. Así, Don Luis Zambrano conoció las limitaciones de los materiales y buscó cómo darles las formas adecuadas. Con la fuerza del agua, poleas y correas construyó sus primeras turbinas. El joven inventor comprendió entonces que el valor de la máquina está en la medida en que sea dedicada a lo que la gente necesita.
Vivió y trabajó para los pobladores de los campos andinos y supo ofrecerles calidad de vida llevándoles luz eléctrica y facilitándoles faenas al idear turbinas, molinos de maíz, de caña de azúcar, café y cacao, entre muchos otros inventos.
Usando la fuerza del río Zarzales, fabricó microcentrales y trapiches para servir a sus semejantes campesinos de Bailadores, Tovar, Santo Domingo, Canaguá y muchos otros poblados de Los Andes. Para 1933, cuando en Bailadores fue instalado el servicio eléctrico, ya Zambrano había construido tres trapiches eléctricos para moler caña de azúcar. Mediante sus turbinas, poblaciones de las montañas merideñas tuvieron electricidad mucho antes que el servicio fuera establecido por CADAFE. En la población de Canaguá instaló en 1950 una turbina movida por agua, la que proporcionó luz eléctrica a esta comunidad hasta 1978. Asimismo, lo hizo en pueblos como Mucuchachí, San José de Acequias, Río Negro y San Antonio de Estanques.
Zambrano creó su propio motor. Le agregó a la fórmula de agua, poleas y correas un generador de energía de cinco kilovatios para que cada campesino tuviera la energía necesaria para alumbrarse y automatizar parte de su trabajo.
La chatarra no existe

A mediados de 1920, Don Luis Zambrano inicio su relación con la chatarra utilizando los restos de un carro que chocó por la carretera de Tovar. Adaptó la batería y el generador del vehículo que habían quedado intactos a una turbina movida por agua para generar luz. “La palabra chatarra no existe porque no hay chatarra, lo que hay es negligencia”, afirmaba. Siguiendo este principio, creaba sus máquinas con desechos de carros, camiones, ferrocarriles, entre otros.
Luis Zambrano trabajó por algún tiempo en la construcción de la carretera Trasandina en 1924. En 1940 trabajó como maquinista en la construcción de la carretera a Pregonero, estado Táchira. A finales de 1980 trabajó en un complejo de máquinas integradas con varias funciones industriales, pero siempre les daba un toque artístico.
A partir de 1974, Zambrano es conocido en el país gracias al esfuerzo de su amigo y admirador Fruto Vivas y René Esteves Laprea, quienes en 1977 organizaron la Fundación Luis Zambrano para difundir la riqueza creativa y la utilidad del trabajo desarrollado por este inventor. Además, crearon el premio Luis Zambrano a la inventiva tecnológica popular que entregaba el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit).
Vivas lo comparó entonces con creadores universales como Leonardo Da Vinci y Tomas Alva Edison. También con campesinos virtuosos de Lara como Sixto Sarmiento y don Pío Alvarado. Por su concepto filosófico de la vida, con Simón Rodríguez. Zambrano también fue respetuoso de la naturaleza porque de ella aprendió la sencillez y la complejidad de las cosas, como señalaba Fruto Vivas. Sus turbinas eléctricas fueron a dar hasta la Nicaragua revolucionaria de Sandino, gracias a Vivas.
De temperamento alegre, fue músico en su juventud. Contrajo matrimonio en dos oportunidades y tuvo 10 hijos.
Hecho en Bailadores y sin la plaquita “Made in USA”
En tono irónico Don Luis Zambrano llegó a decir que el único detalle que no supo hacer con sus inventos fue ponerles una plaquita que dijera “Made in USA”.
Desarrolló los principios básicos y la construcción de la turbina hidráulica y de la turbina a doble efecto, la transformación de motores de gasolina a gas, la propulsión de vehículos acuáticos, así como la propulsión a chorro y el funcionamiento de motores de explosión.

Durante una conferencia sobre el método científico, Zambrano explicó que “la técnica tiene que ser hija de la experiencia, porque la técnica se consigue en los libros, pero la experiencia no. La teoría es hija de la práctica”.
Frecuentemente, este inventor popular trabajaba por encargo y apenas cobraba para poder comprar implementos para su taller-escuela.
El 29 de noviembre de 1984 la Universidad de Los Andes (ULA) le otorgó el título de Doctor Honoris Causa “por su útil labor creativa”, reconocimiento que por primera vez se le confiere a un científico campesino.
Medio centenar de inventos
Para dar vida a cerca de 50 inventos Don Luis Zambrano desarrolló, en su taller de Valle Nuevo, de forma empírica e intuitivamente conocimientos de electricidad y de mecánica. Algunas de sus invenciones las hizo por encargo, un ejemplo de ello es la máquina peladora de fresas, así como una zaranda para clasificar ajo. Con una existencia sosegada pero muy disciplinada, fabricaba desde un tornillo hasta una turbina de 50 kilovatios, o un motor de carro de 23 piezas y 200 caballos de fuerza.

Sus inventos fueron de gran utilidad a muchos pueblos y caseríos de Venezuela. Entre éstos descubrió empíricamente la relación entre la circunferencia y su diámetro: el valor de PI. Además, en 1939 dio forma a un generador de 600 amperios, utilizado como soldador de varillas de 3/8. Así como un torno grande de 13 tipos de roscas de diferente precisión; una peladora de fresas; 20 turbinas utilizadas en pueblos, caseríos y haciendas para generar electricidad, moler caña y trillar café y otros granos; cinco secadoras de café; una secadora de estiércol para abono; una turbina de doble efecto de cuatro salidas con efecto axial nulo; tres teleféricos montacargas con sus turbinas, con una capacidad para transportar media tonelada y un recorrido de medio kilómetro.
En 1948 fabricó una fundición con su respectivo horno, una bicicleta moledora de granos y huesos y un taladro vertical para el cual adaptó un motor de automóvil de 1924. Además dio forma a una máquina clasificadora, limpiadora y cernidora de ajo con capacidad para 1.400 kilogramos por hora, que le valió el reconocimiento público por parte del Concejo Municipal de Bailadores, en 1980.
El Turbozam, la turbina de reacción o “motor criollo”

La escasez de repuestos que dejó la Segunda Guerra Mundial a partir de 1950 motivó la nueva creación de Don Luis Zambrano: el “Turbozam”, denominación que proviene de turbina y Zambrano, fruto de investigaciones para desarrollar un motor rotativo. Un invento que podría fundar los cimientos para la autonomía tecnológica del país.
Esta turbina de reacción o “motor criollo” contiene solo unas pocas piezas, a diferencia de un motor convencional que tiene miles. Desde sus inicios no requería repuestos extranjeros, apuntando a un funcionamiento más elemental con 18 piezas construibles y accesibles. Por otra parte no usaba gasolina sino gas metano de desechos orgánicos.
Funciona con una sola bujía y una cámara en donde se realizan los cuatro tiempos. Su diseño sencillo no lleva bielas, pistones, árbol de levas, válvulas, carburador, ni cigüeñal. Se compone de piezas rotatorias sobre un eje de tracción que al girar produce compresión y expansión ayudada por la inercia de un volante. Este motor se fundamenta en un par de álabes o “bailadores” que hacen el papel de pistones, o piezas centrales de motor. Estos álabes sustituyen la leva rotatoria de los motores convencionales y están accionados por un sistema de engranajes que forman la cámara de combustión entre ambas aspas.
La factibilidad de este motor ha sido comprobada por ingenieros de la Universidad de Los Andes, pero no se ha llevado a la práctica. Sin embargo, 30 años después, la idea se convirtió en el motor rotativo de combustión interna LZ-80. Quizá el primer motor de dos tiempos pensado para máquinas automotrices y aerodinámicas. Pero producía tanta energía que se fundía y solo pudo estar encendido unos segundos. Por ello sigue inconcluso, pero ya existen los materiales necesarios para desarrollarlo y controlar el recalentamiento.
Con información e imágenes de CNTI, Radio Otilca, Biblioteca Fundación Empresas Polar, La Inventadera, Universidad Nacional Experimental Politécnica “Antonio José de Sucre”
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